¿Y si no es capricho que la ropa moleste? Entender la sensibilidad sensorial desde dentro


¿Y si no es capricho que la ropa te moleste? Entender la sensibilidad sensorial

¿Alguna vez te has quitado una prenda a mitad del día porque no podías más… y no sabías explicar por qué? No te dolía “como una herida”, no había nada visible, no era una alergia. Y, sin embargo, algo en tu cuerpo estaba en alerta. Una etiqueta que roza. Una costura que no deja de sentirse. Una media que se baja constantemente. Un zapato que no aprieta… pero tampoco te deja en paz.

Lo más difícil, muchas veces, no es la prenda. Es no saber ponerlo en palabras. Es la sensación de que “estás exagerando”, porque por fuera todo parece normal.

Hay cosas que no parecen importantes… hasta que miras atrás.

Yo no recuerdo una gran pelea por la ropa. No recuerdo haber sido una niña que gritara “esto no me lo pongo”. No tengo esa imagen de mí misma. Lo que sí tengo son recuerdos muy concretos, de esos que se quedan grabados sin pedir permiso. Recuerdo unas medias rojas del uniforme. Debería tener cuatro o cinco años. Se bajaban todo el rato. Y recuerdo perfectamente la sensación de estar constantemente subiéndolas: no era un drama, no era una rabieta… era una incomodidad pequeña, repetitiva, constante. De esas que no llaman la atención de nadie… pero que tu cuerpo no puede ignorar.

También recuerdo tirantes cayéndose, ropa que había que recolocar, y esa sensación de estar pendiente del cuerpo más de lo que una niña debería estarlo. No protestaba. No montaba escenas. Simplemente lo vivía. Y a veces lo que más marca no es lo que explota… sino lo que se normaliza.

Más adelante empecé a elegir camisetas anchas, chándales, ropa que me dejara moverme con libertad. Y ojo, esto es importante: no era una estética triste ni apagada. Me gustaban los colores, me gustaba el azul, me gustaban cosas llamativas. No era “dejarme” ni “no tener gusto”. Era algo mucho más básico: sensación. Había prendas con las que podía respirar… y otras con las que no.

En la adolescencia aprendí algo rápido: vestir como las demás hacía que todo fuera más fácil. Cambié mi forma de vestir y, de repente, encajaba mejor. Menos comentarios, más integración, más normalidad. Desde fuera parecía un cambio superficial. Desde dentro era una estrategia. Porque adaptarse… también tiene un precio.

Durante años vestí según el grupo, según el momento, según lo que tocaba. Y aunque socialmente era “normal”, algo en mí se iba acumulando. Hoy lo entiendo mejor: la ropa no era solo ropa. Era sistema nervioso. Era regulación. Era seguridad.


Y quizá, si alguna vez te has sentido así… tampoco era capricho lo tuyo.




Sensibilidad sensorial: no siempre es “extremo”, pero siempre es real

Quiero dejar esto claro desde el principio, porque es un matiz pedagógico importantísimo: no todas las personas sensibles tienen grandes crisis con la ropa. No todos los niños gritan, lloran o se niegan en el probador. Muchas veces lo que ocurre es mucho más silencioso: adaptación. Camuflaje. Normalización.

Y eso es igual de relevante.


Hay niños a los que las etiquetas les molestan muchísimo. Hay otros que se las quitan en silencio. Hay adultos que reconocen que siempre odiaron ciertas telas… pero lo vivieron como algo “normal”. “Yo también lo pasé mal y me adapté”, dicen. Y sí: nos adaptamos. Muchísimos nos adaptamos.

La cuestión no es si uno puede adaptarse. La cuestión es a qué precio.


Cuando hablamos de sensibilidad sensorial hablamos, en el fondo, de esto: de cómo el cerebro interpreta lo que toca la piel, lo que oye, lo que ve, lo que huele. A esto se le llama procesamiento sensorial: la manera en la que el sistema nervioso recibe y organiza la información del entorno. Hay personas cuyo umbral es más bajo o cuya respuesta es más intensa. No es “manía”. No es estética. Es fisiología.

Y aquí una idea clave: no todo lo que molesta duele. A veces no es dolor. Es alerta. Un estímulo constante —una costura, una etiqueta, una presión leve, un tejido sintético que genera electricidad estática— puede convertirse en una señal continua para el cuerpo. No te “rompe”, pero no te deja descansar.


Cuando el cuerpo está procesando un estímulo que no se apaga, consume energía. Energía que no se ve, pero se gasta. Y por eso luego aparece lo que tantas personas describen sin saber de dónde viene: irritabilidad, ganas de aislarse, cansancio social, saturación, ese “necesito llegar a casa” que no sabes explicar.


Yo tardé años en unir puntos. Durante mucho tiempo pensé que lo mío era “estrés”, “ansiedad”, algo solo emocional. Hasta que empecé a bajar estímulos conscientemente (ruido, bullicio, tejidos que me agredían) y mi sistema nervioso bajó conmigo. No fue magia. Fue regulación.


Por eso tiene sentido decirlo así: no hace falta encajar en una etiqueta diagnóstica para que esto exista. Hay muchas personas que procesan distinto, y punto. Y cuando eso no se entiende, se etiqueta como capricho.


Pero no lo es.


Lo que dice la evidencia: cuando el cuerpo se activa, la emoción no va aparte

No voy a ponerme técnica de más, pero sí quiero apoyar esto con algo importante: la ciencia lleva tiempo señalando que la forma en que procesamos estímulos (tacto, sonido, luz…) está relacionada con autorregulación, conducta y emoción.

En terapia ocupacional, por ejemplo, el marco de integración sensorial parte de la idea de que el sistema nervioso organiza sensaciones para responder al mundo de forma adaptativa, y que cuando esa organización cuesta, aparecen dificultades en la vida diaria (Ayres). 

Más adelante, modelos como el de Winnie Dunn explican que las personas difieren en su umbral neurológico y en la forma de responder (buscar, evitar, registrar poco, o sentirse sobrepasadas). Esto ayuda a entender por qué una misma prenda puede ser neutra para alguien y agotadora para otra persona. 

Y hay datos especialmente relevantes en infancia: la sensory over-responsivity (respuesta sensorial muy intensa) se ha estudiado como un factor asociado a más riesgo de ansiedad y dificultades de comportamiento en algunos niños, incluso sin hablar de diagnósticos concretos. 



En sencillo: si el cuerpo está en alerta sostenida, la emoción no va por otro carril. El cuerpo y el estado mental se retroalimentan.


Cuando lo ves en tu hija, entiendes cosas de ti

Hay algo muy revelador que ocurre cuando tienes hijos: a veces no aprendes cosas nuevas… a veces te reconoces.

Cuando mi hija viene y me dice “mamá, la etiqueta”, yo se la quito. No lo convierto en una batalla. Y aun así, hay un detalle que me importa: muchas veces viene ya un poco subida de tono. No sé si el estímulo llevaba rato activándola o si su cuerpo ya estaba en alerta por otras cosas. Lo que sí sé es que cuando lo solucionas rápido, no escala.

Y también sé otra cosa: si yo le dijera “aguántate”, probablemente bajaría la cabeza y aguantaría. Su carácter es así. Y eso me parece crucial, porque confirma algo que mucha gente no ve: no todos los niños que lo sienten lo expresan “a lo grande”. Muchos se adaptan. Se callan. Se acostumbran.


¿Significa eso que no les molesta? No. Significa que han aprendido a sostenerlo.


He notado diferencias claras en contextos concretos. En verano, ligera, descalza, sin prendas que la restrinjan, está feliz. El cuerpo libre cambia el humor. Ahora bien: si estamos en un lugar con ruido, luces y barullo, da igual que lleve la ropa más cómoda del mundo: el sistema nervioso ya está cargado. Y ahí entiendes algo muy importante: la ropa no es “todo”, pero puede ser el estímulo que rebosa el vaso.


Y lo más fuerte, para mí, es esto: mirándola a ella, me he entendido a mí. He visto a la niña que fui: la que no protestaba demasiado, la que simplemente se adaptaba. La que aprendió pronto que era más fácil encajar que explicar lo que sentía.

Y entonces algo cambia. Porque cuando lo entiendes desde dentro, ya no puedes llamar “fase” a lo que el cuerpo repite con tanta claridad.


Acompañar no es sobreproteger: es enseñar regulación sin romperles

Aquí aparece el miedo de siempre: “¿y si le hago más débil? ¿y si no aprende a tolerar la vida?” Y es normal tenerlo. Pero acompañar no es eliminar toda incomodidad. Acompañar es saber distinguir.


Hay incomodidades que forman parte del crecimiento (esperar turno, frustrarse, esforzarse, aprender normas sociales). Eso es sano. Pero obligar a un niño a soportar durante horas una etiqueta que le activa el cuerpo, cuando puedes cortarla en treinta segundos, no le enseña resiliencia: le enseña a desconectarse de lo que siente para encajar.

La evidencia sobre desarrollo infantil insiste en un punto: la regulación se aprende en relación, con adultos que ayudan a bajar la activación, no con invalidación sistemática. El concepto de “estrés tóxico” describe cómo una activación intensa o prolongada del sistema de estrés, sin el amortiguador de relaciones de apoyo, puede tener impacto en el desarrollo y la salud a largo plazo. 


Dicho en humano: un niño no aprende a regularse cuando le dices “no pasa nada” mientras su cuerpo grita que sí pasa. Aprende cuando alguien le ayuda a entender lo que le ocurre y le da herramientas para volver a sentirse seguro.

Y esto no significa criar en burbuja. Significa hacer algo mucho más inteligente: no añadir sufrimiento innecesario. Si sabemos que un entorno va a ser muy estimulante, podemos compensar por otro lado: ropa más reguladora, tiempos más cortos, pausas, anticipación, descanso después. No es “evitar la vida”. Es enseñar a vivirla con un sistema nervioso más fino.

A mí me ayuda una imagen: si tienes una espina clavada en el dedo, ¿te la dejarías todo el día para “acostumbrarte”? No. Te la quitarías. Porque el cuerpo no necesita acostumbrarse a un estímulo constante para hacerse fuerte. Necesita seguridad para ampliar tolerancia poco a poco.


Acompañar también es pedir ayuda: la diferencia de un buen terapeuta

Y aquí quiero decir algo que me parece importante: no tenemos que saber hacerlo todo solas.

Puedes leer artículos, entender conceptos, intuir que a tu hijo le pasa algo… pero cuando das con un buen profesional que sabe traducir todo eso a tu vida real, la diferencia es enorme. En nuestro caso, encontrar una buena terapeuta fue un punto de inflexión. No solo para mi hija. También para mí.

Y digo “buena” con intención: no se trata solo de alguien con estudios, sino de alguien que entiende el sistema nervioso, que valida sin dramatizar, que acompaña sin crear dependencia, que te ayuda a distinguir entre “esto es un límite sano” y “esto es sobrecarga”. Porque muchas veces el trabajo no es solo con el niño: es con nosotras y con la educación que recibimos. Con esa idea aprendida de “aguantar” como si aguantar fuera siempre virtud.

Y si no das con esa persona a la primera, busca otra. No todos los enfoques encajan. Pero cuando encuentras a alguien que comprende de verdad, el cambio se nota: en casa, en el humor, en el volumen interno.

Acompañar no es hacerlo perfecto. Es estar dispuesta a aprender. Y a veces aprender es pedir ayuda.


Cierre: no es capricho, es identidad

Si has llegado hasta aquí, quizá algo te haya resonado. Tal vez te hayas reconocido en esa etiqueta que molesta. En esa prenda que no soportabas. En llegar a casa y quitarte todo como si te quitaras el día.

O quizá hayas pensado en tu hijo. En ese “mamá, la etiqueta”. En ese comedor que le abruma. En esa frase dicha en broma que a ti te dejó un nudo dentro.

Durante años hemos llamado capricho a lo que era sensibilidad. Hemos llamado exageración a lo que era un sistema nervioso en alerta. Hemos llamado carácter difícil a lo que era sobrecarga.

Y no, no todo es sensibilidad. La vida también implica límites, esfuerzo y adaptación. Pero cuando algo es real en el cuerpo, negarlo no lo hace desaparecer: solo lo vuelve silencioso.



Ojalá hubiéramos crecido con esta frase en casa: “no estás rara, tu cuerpo siente diferente”. Porque deshacer el aprendizaje de ignorarte, a los cuarenta, es mucho más difícil que respetarlo a los cuatro.

Vestirse no es solo cubrir el cuerpo. Es la primera capa de relación con el mundo. Y cuando esa capa respeta lo que somos, todo lo demás se sostiene un poco mejor.


Referencias


Siguiente
Siguiente

Vivaia no es una colaboración más: es una historia que quiero contar